Tácticas de Superficie

Tácticas de Superficie

Cielo Vargas * Gabriel Antolínez
Tácticas de Superficie

Curaduría: Sylvia Juliana Suárez

La delicadeza en el arte no es necesariamente lo opuesto a la fuerza.
John Berger
I.
En una de nuestras últimas conversaciones, Gabriel Antolinez se refirió a Bilateria llamándola “animalito”. La inquietud que este término causó en la superficie del discurso es la réplica exacta de la fuerza de atracción de sus trabajos. No sólo porque los destaque como seres vivos (en una época solía hablarse de las obras como “hechos plásticos”), sino porque la palabra “animalito” está a medio camino entre un animal silvestre y una mascota. Puede que se deje acariciar por horas, pero hacerlo implica asumir el riesgo de que te muerda o te clave las uñas. Con respecto a Bilateria lo primero que se viene a la mente no llega del reino del arte, sino del reino del cuerpo. La obra me hace pensar en pelos y tripas. Y en la labor de la espina dorsal que me mantiene erguida ahora mismo.
II.
Cuando se referiere a sus trabajos, Cielo sustituye la palabra “mural” por “pintura sobre muro”, así los libera de las connotaciones históricas que acompañan al primer término. Este gesto conduce una relación diferente entre las imágenes y el muro: una simbiosis en que las pugnas por la jerarquía entre la arquitectura y la pintura se diluyen. Esta diferencia se resalta porque Cielo nunca intenta borrar ni tapar la historia de los espacios que interviene; ella conserva e incluso acentúa las huellas que el paso de tiempo ha estampado sobre los muros porque su trabajo no es negación de su condición material. Su pintura se extiende sobre éstos a ras de piel, sin la intención de colonizarlos. En cambio, queda como suspendida sobre ellos. Para usar sus palabras, es la presencia efímera de una “habitante” que, durante su estancia, trastoca sutilmente las reglas del juego.

III.
“El artista estudia amorosamente su materia, la explora hasta el fondo, espía su comportamiento y reacciones; la interroga para poderla domar, la obedece para poderla someter […] y si la tradición de que está cargada la materia parece comprometer su ductilidad y hacerla pesada y torpe y opaca, intenta recuperar su frescura virgen, tanto más fecunda cuanto más inexplorada; y si la materia es nueva no se dejará asustar por la audacia de ciertas sugerencias que parecen brotar de ella espontáneamente ni dejará de atreverse a ciertos intentos ni tampoco evitará el duro deber de penetrarla para distinguir mejor sus posibilidades.”
Luigi Pareyson

La ornamentación es la inscripción de un pulso singular sobre la superficie. Su potencia como imagen proviene de la intersección entre los vectores de la visión y de la labor. Frente a las obras de Cielo y Gabriel la mirada puede desplazarse fluidamente por las superficies sinuosas, por los millares de hilos, por los grafismos armoniosamente urdidos, por los pigmentos auríferos que modulan los soportes. Pero este flujo superficial de la mirada tiende a caer hacia el núcleo profundo de la memoria, porque estas fabricaciones son huellas del cuerpo laborioso que atravesó de ida y vuelta las superficies, que estableció funciones orgánicas sobre ellas, que las hizo porosas, lo suficientemente blandas para imprimir en ellas una experiencia singular de la actividad humana y proponer de esta forma una cierta teoría de la belleza. Intensa y efímera.

“El gusto es en cierto modo el microscopio del juicio, porque muestra las pequeñas cosas, y sus operaciones empiezan donde terminan las del
juicio.”
Jean Jacques Rousseau

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